Marcel Duchamp

Marcel Duchamp, nacido el 1887 en la alta Normandía fue un artista poco prolífico pero trascendental en lo que a concepto se refiere. Ha sido nombrado numerosas veces el artista más importante del siglo veinte, y marca un antes y un después en la historia del arte. Su búsqueda de libertad no pasa por la expresión de lo púramente pasional, como sí habían hecho otros sino por el desmontaje de todo aquello que lo hiciera menos libre o autónomo; esto es: dogmas, religión, estilo... Pero también moral, ética, género, justícia o verdad. Duchamp lo resume así en una entrevista con Stirner: Podríamos decir que mi vida es un pequeño juego entre “yo” y “mí”.


Podemos destacar dos rasgos especialmente relevantes en la obra de Duchamp, que nos importan por su trascendencia conceptual: El Ready-made y El trabajo de la identidad y la mentira.


Por un lado el Ready-made fue una opción ideológica y artística de Duchamp contra la divinización del artista y del objeto único. Además, el francés había establecido unas normas para su realización: [1]Descontextualización: Coger un objeto de procedencia no artística y situarlo en un contexto artístico , [2] Titulación: Dotar la pieza de un título poético, [3] Limitación de la frecuencia: Duchamp dispuso hacer un ready-made cada tanto, para no minusvalorar el proceso.


Por el otro, Duchamp trabajó distintas veces la identidad y la mentira, haciéndose fotografías disfrazado y creando nuevas identidades a partir de estas fotografías (Rrose Sélavy). A su vez, en distintas obras, apela al voyeurismo y a la farsa, tal vez hasta al simulacro (que más tarde recuperaría Guy Débord y los situacionitas), para proponer escenas y objetos que “parezcan” otras cosas.


Enmarcado en el nuevo contexto neodadá, Duchamp no dudó en manifestar su animaversión hacia los pintores de la Escuela de Nueva York y hacia la hipervaloración que éstos hacían de la pintura y de su carácter visual, retiniano y óptico. Junto a Duchamp se sumo una nueva generación de creadores, entre ellos el músico Jonh Cage y el coreógrafo Merce Cunningham que, aunque menos hostil que Duchamp respecto al action painting, cuestionó el carácter aurático y hererosexual de éstos artístas y críticos que de la obra de arte sólo valoraban su originalidad y el hecho de ser una “huella” sensible de la actividad del alama, fruto de la intuición y de la experiencia al margen de la realidad socio-económica. Estos creadores compartían también un sentimiento de hastío en relación a críticos que, como Harold Rosenberg, sólo se interesaban por controlar la calidad artística percibida como manifestación del savoire faire, como golpe de magia y como perpetuación del mito neoplatónico que veía en las obras de arte los vestigios de las peripecias del alma en la búsqueda de lo sublime.


Estos artistas estaban además convencidos de que, tanto en el marco del arte como el de la vida, una situación cultural como la que derivó la Segunda Guerra Mundial debía construir síntesis horizontales donde la especificidad de cada lenguaje (arte, música, danza, teatro) o sus materiales (sonidos, colores, objetos, gestos) se desarrollasen libremente, sin jerarquías ni subordinaciones.
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